
Imagino que soy ese árbol…
Soy alto… frondoso… de un tono verde oscuro, que resalta sobre el fondo mas claro.
Estoy en un costado del campo… más allá del campo, otros árboles, ninguno de mi especie.
Desde donde estoy, no veo otro como yo (supongo que debe haberlos… quizás miles… A veces, me gustaría que alguno de ellos estuviera mas cerca… Otras veces, debo reconocerlo, me gusta sentirme único).
Tengo un tronco fuerte y duro. ¡Es mi sostén! Me sirve para mantenerme erguido, pero no rígido. Mis ramas se expanden al aire… llenas de hojas, me permiten la comunicación plena por cada uno de mis poros…
En esta época del año, estoy lleno de flores y frutos. Ambos son expresiones de mi deseo de trascender y, seguramente, son parte de mis intentos seductores.
Me doy cuenta que ostento con ellos… tanto como con mi sombra… una sombra densa, cobijadora y fresca, muy atractiva para casi todos los que pasan cerca y mas aun para quienes requieren mi protección o cuidados…
Me doy cuenta también de que mis ramas tienen, además, miles de espinas. Este es mi armamento defensivo; impide que los depredadores se lleven partes de mí, sin mi autorización.
Creo, que además, son un símbolo de mi maldad. ¡Claro! No soy todo lindo y bueno. Adentro mío soy agresivo, oscuro, cerrado…
Todo esto es lo evidente. Bajo el nivel de lo evidente, me prolongo…
Unos pocos centímetros bajo la tierra, mi tronco se divide en dos grandes ramas que se extienden hacia los costados y hacia abajo.
Mis raíces… de ellas me nutro, de ellas depende mi alimentación y mi estabilidad.
Amo cada parte de mi mismo…
Desde la punta inferior de mis raíces hasta la ultima hoja de mi copa…
Amo mis flores, y también amo mis espinas… y, lo que mas amo de mí ser árbol… es darme cuenta… a cada instante… ¡que estoy vivo!
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