Tras una batalla campal de miradas, guiños, roces, de oídos azotados por ese ulular que, irremediablemente, acarrea la ventisca del anhelo, después de una refriega de salivas pegajosas en pleno tiroteo de besos y caricias, nada como la victoria de una mano ansiosa sobre el pantalón ajeno dispuesta a confirmar otra rendición sin condiciones, ávida por escuchar una nueva súplica a favor del armisticio
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