
¿Qué es lo que llevamos con nosotros los payasos?.
¿Qué viaja con nosotros en nuestra maleta?.
¿Qué aportamos en los lugares de crisis?.
¿Para qué servimos, si es que servimos de algo, fuera del contexto de un circo o un teatro?.
Un payaso parece tener únicamente un lugar dentro de la carpa de un circo o el recinto cerrado de un teatro. Pero en estado libre, sin más límites que los dibujados por la propia realidad, inmerso en la vida cotidiana, el payaso es un elemento que abre un espacio infinito de preguntas: representa en sí mismo el inadaptado, al errante, al desposeído, el diferente, el desplazado, aquel que por parecer diferente se sitúa al margen, aquel de quien los demás hacen mofa...
Pero también representa aquello en quien los otros descubren que pueden reírse de sí mismos y de lo absurdo de su propia existencia, porque en él se recogen elementos en los que todos nos reconocemos, puntos de humanidad y de vulnerabilidad, de ingenuidad que todos guardamos. Constituye un elemento poético y filosófico, que escapa de lo cotidiano y que inconscientemente nos muestra una claraboya que ilumina nuestra rutina, plagada las más de las veces de elementos que la hacen insufrible y de la que necesitaríamos escapar.
Esto resulta mucho más evidente en lugares donde los conflictos bélicos o sociales son muy fuertes. Allí resulta más necesario que ningún otro el aporte de aire fresco, de colores vivos, la sugerencia de que aunque el ser humano es capaz de los mayores horrores, también lo es de la mejor poesía y del mayor encanto; el ser humano es capaz de torturar y de matar, de violar y de asesinar, pero también es capaz de enamorar, de cantar, de sonreír, de emocionar.
Eso, comprensiblemente, se olvida fácilmente en medio del horror. Nosotros no queremos que eso se olvide, porque quizá sea lo único capaz de salvarnos del desastre. Queremos refrescar la memoria, no sólo a las víctimas, sino también a los verdugos. Vamos en busca del que sufre, pero también nos dirigimos al que ha provocado el sufrimiento, queremos poner un espejo delante de unos y de otros, de las víctimas para que recuperen la esperanza y de los verdugos para que, si queda un resto de vergüenza en su ser, se cuestionen lo que les lleva a actuar como lo hacen.
El payaso lleva en su cara, en su traje, en su nariz, en sus bolsillos el mensaje de que es posible elegir cómo ser, de que nadie ni nada, salvo nosotros, debería elegir ni cómo vestimos, ni si nos pintamos o no la cara o el pelo, ni si las ideas que tenemos han de ser de bote o naturales.
Es un canto a la libertad del ser humano, frente a cualquier tipo de imposición.
Una nariz roja en medio de un universo de pólvora y agresividad es una apuesta por el ser humano.
Cuando un payaso viaja al escenario de la guerra, la dimensión absurda de ésta se subraya todavía más. Un hombre de uniforme, frente a otro hombre de uniforme son la viva imagen de una batalla que puede estar a punto de empezar. Un hombre de uniforme frente a un hombre vestido de colores, con zapatones y una nariz roja, representa un choque conceptual que cuestiona el enfrentamiento y que nos hace preguntarnos si de veras merece la pena tanto horror, cuando también se es capaz de producir tanta alegría.
En medio de los fusiles y de los tanques un payaso parece no pintar nada, pero es entonces cuando quizá también podamos preguntarnos quién es quien pinta menos en la vida de los hombres, ¿qué nos hace menos falta: una nariz roja o un fusil?
En un paisaje en el que la presencia abrumadora de la hostilidad y de la fuerza a través de la violencia es el pan de cada día, una nariz roja disloca el horror y prueba la existencia de la esperanza, refugiada en el corazón.
La guerra de Kosovo acababa de terminar i muchas personas viajamos hasta allí con la intención de ayudar. Médicos, psicólogos, gentes que ayudan en la reconstrucción de edificios, en la limpieza de pozos de agua, todos parecen tener una misión clara i muy útil. En la frontera me preguntaron por mi profesión. Dije “payaso” y me miraron de arriba a abajo, me preguntaron qué venía a hacer y contesté que pretendía hacer reír, no entendieron nada pero sellaron mi pasaporte. Tendrían que haber visto la cara de los niños que reían al día siguiente, lo hubieran entendido todo.
¡¡¡¡LA EXPLOSIÓN DE LA RISA ES EL MÁS SANO Y RECOMENDABLE ATENTADO DEL MUNDO!!!
Muchas veces me he preguntado en qué medida mi trabajo era productivo. Los mineros extraen el mineral, los albañiles construyen edificios, los médicos trabajan por la salud de las personas, incluso los funcionarios mueven papeles encima de su mesa para que otros movimientos se produzcan en otro lugar; pero nosotros, los payasos, ¿qué hacemos?, ¿qué producimos?, ¿para qué servimos?. Ahora pienso que somos generadores de una energía capaz de hacer que el mundo no se hunda por su propio peso. El mundo, nuestro comportamiento habitual en él, es demasiado pesado, hundiría el barco. El sentido del humor es un flotador que permite que no nos vayamos al fondo. Cuando el humor no existe, nuestro peso es demasiado alto y cualquier tormenta podría llevarnos al fondo. Por eso quizá los payasos, que no producimos nada material, sí posibilitamos que el sufrimiento se debilite y se diluya y con eso sirvamos para hacer que todo funcione mejor. Suena presuntuoso pero me parece que es verdad y, como soy un payaso, lo digo.