
La sitcom norteamericana "Dharma y Greg" comienza con un acto de locura. Sus protagonistas se conocen en un tren y al cruzar sus miradas se enamoran. Todos hemos pasado por una situación así en más de una oportunidad. Pero a diferencia de lo que sicede diariamente, esta vez Greg toma coraje y decide invitar a su desconocida a tomar un café.
Cuántas veces cruzamos miradas con anómimos transeúntes o compañeros de viajes efímeros y sentimos que sus ojos nos acariciaban el terciopelo del corazón. Incluso podemos haber abrigado la esperanza de acercarnos, hablarnos, invitarnos a bajarnos juntos y tomarnos un café o quedarnos una noche en Viena. Pero la timidez, el miedo, hasta los códigos sociales nos cosen la boca y nos reprimen el impuslo. Como dijo una pelirroja en un sueño, somos hormigas, y no quiero ser una hormiga contigo.
Si no fuera por mi primo, creería que las historias de amor como las de Dharma y Greg son puro cuento de hadas o película de Richard Linklater. Pero mi primo Damían es un ejemplo vivo de predisposición a la locura. Una tarde estaba pasando por Madrid, su ciudad, y unos ojos almendras caminando hacia él le robaron el aliento. Dudoso, siguió caminando hasta cruzarla y perderla para siempre. Pero a los pocos pasos apretó los puños y se dijo a sí mismo que esta vez no la iba a dejar pasar. Volvió corriendo sobre sus pasos y la encontró descendiendo en la boca del Metro. -"Disculpa, ¿me das tu teléfono?" le escupió Damián. Los ojos almendras sorieron y respondieron en perfecto madrileño: "Sí. Apunta. Me llamo Carol.". En el apuro, mi primo se había olvidado de preguntarle el nombre.
La apuesta le salió bien, pero bien podría haberle salido mal. Carol es una madrileña encantadora e indiscutiblemente valiente y brava, porque, hay que decirlo, ¿cuántas mujeres están (estamos) dispuestas a dictar su número telefónico a un desconocido?
Pocas.
Quizás tan pocas como hombres capaces de pedirlo de esa forma.
Mi primo Damián, su novia Carol, incluso Dharma y Greg, poseyeron durante un mágico instante lo que yo llamo la predisposición a la locura. Es un momento efímero de adrenalina donde el alma le gana la batalla a la mente por el el cuerpo. Porque sólo los locos y los enamorados son capaces de pedir o ceder su alma o su número de teléfono a un extranjero en sus vidas.
La predisposición a la locura se manifiesta en un instante (el instante en el que le decimos a nuestra alma que sí) pero dura mucho más. Para algunos, es una forma de vida. Para otros, una etapa. Y para otros, sí, es sólo un instante. El alma puede mantenerse agazapada como un conejo blanco esperando el momento indicado para saltar y dominar al cuerpo en el atizbo de presente correcto durante un tiempo indeterminado. A veces toda una vida. A veces el conejo nunca llega a saltar y se le paralizan las piernas de dolor.
Las situaciones provocativas a dejarnos llevar por la locura suceden diariamente en los lugares que solemos frecuentar, esquinas memorizadas o en decorados inesperados como un ascensor o una iglesia. Suceden por la noche, la madrugada y la siesta. Y nosotros las dejamos pasar constanemente, manteniendo al conejito apretado contra el suelo, paciente. Dominamos nuestra locura, ya que no nos dejamos llevar por la tormentosa corriente de ese río fresco llamado inceridumbre. Una y otra vez nos decimos que no a nosotros mismos, porque no es correcto, no está bien visto, no sé si vale la pena o no me queda bien. O simplemente no, porque no sé.
Son aquellos escasos momentos en los que decimos sí, y nos sumergimos en la locura de lo desconocido, lo incierto. ¿Puede salir mal? Claro que sí. Pero la vida es eso. Es vivirla, disfrutarla, arriesgarse, perder, ganar. La vida nos tira los dados constantemente, y nos preguna si vamos a apostar. Todo o nada.
¿Cuánto podés tardar en decir que sí?
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